Madrid

Llega el atardecer y poco a poco se va apagando, el sol ya no la ilumina y pronto son las farolas quienes la acompañan. Miles de faros rojos y blancos atraviesan sus calles y algún ciclista valiente consigue perderse entre la multitud. Llega la hora de salir para unos y de entrar para otros, llega la hora de no viajar, de descansar, de reposar y de pensar. Cada vez queda menos gente con la que cruzarse por esas grandes avenidas y cada vez son más las camas que se abren para arroparnos. Ella se vuelve oscura, misteriosa y, ¿por qué no? También algo peligrosa. En sus rincones se esconden desde vagabundos buscando un cobijo hasta parejas que esta noche se dan un respiro sin nadie que lo impida. 
No parece la misma sin esos agobios diurnos, ahora las fuentes parecen susurrar y las estatuas observan lo que pasa a su alrededor. Los semáforos continúan con su juego: rojo, ¡para!; ámbar, ¡cuidado!, verde, ¡pasa!... subo la mirada y contemplo esos balcones llenos de gente, de miradas perdidas y pensamientos que atraviesan las mentes. Echo un último vistazo al cielo y... ahí está, callada, no dice nada y sin embargo, nos transmite toda la paz que necesitamos; ahí, sola; ahí, luna.



2 comentarios:

  1. ALUCINANTE!!! Sigue escribiendo, no lo dejes... ERES MUY BUENA!

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  2. Muchas gracias! tendré que seguir intentándolo ;)

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